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Caracas se quedó viuda, por Lorena González

Caracas se quedó viuda

LORENA GONZÁLEZ

Algunas frases necesitan el abrigo de la distancia para su composición definitiva. Ciertas palabras requieren el paso del tiempo para construirse y evidenciarse a sí mismas en torno al texto y sobre el papel, alejadas de los punzantes estallidos de la fatalidad y de los extraños caminos del dolor y la sorpresa… El sábado 18 de diciembre del año que recién acabó recibimos la terrible noticia de la desaparición física del arquitecto William Niño Araque, investigador incansable cuya mirada vehemente sobre la ciudad de Caracas llenó de nuevos e inolvidables matices la convulsa estructura de este entorno citadino, afinando en nuestra capacidad de percepción y de relación con el afuera un torrente de inéditas consideraciones con las que fraguó una verdadera poética sobre las aristas visuales de la urbe caraqueña y de otros espacios del país.

Araque conducía y colaboraba con varios programas radiales. Sus lúcidos comentarios sobre los nexos entre arquitectura, sociedad, política, desarrollo urbano y pensamiento visual no solo eran un pertinente conjunto de reflexiones que teníamos el gusto de escuchar los fines de semana, también conformaron las directrices de valiosos proyectos expositivos y editoriales que consolidaron la carrera del investigador y nutrieron las bases de la historiografía venezolana.

Ese mismo día otra contingencia acompañaría el difícil desarrollo de aquel momento. A la muerte de Niño Araque se le sumó el fallecimiento de Joel Casique, creador cuyo disciplinado y acertado desempeño en las artes visuales desde los años noventa comenzaba a brindar los despuntes del florecimiento que otorga la madurez y el asentamiento en los procesos de la creación.

Una serie de intervenciones en el espacio fortaleció durante varios años el trabajo de este artista con el aluminio, el bronce, la plata y el níquel, destino con el cual engranaría una obra de una gran sutileza formal que comulga con soltura tanto en el ambiente urbano como en los linderos museográficos. Heredero de la tradición geométrica, Casique se preocupó siempre porque cada una de sus estructuras se encaminara hacia una suerte de reabsorción de las formas sensibles de lo real, reproduciendo en sus piezas las cadencias de elementos pertenecientes a la naturaleza, a lo citadino o a su historia personal: trozos de calles, de habitaciones, de recuerdos, de luces, de fenómenos sentidos, juegos perdidos, sombras que capturaba para luego extremar en la obra el proceso poético de cada tránsito.

Con ambos tuve el placer de trabajar a lo largo de varios años, compartiendo experiencias, inquietudes y disertaciones. De ambos recuerdo en especial la generosidad plena con la que compartían el conocimiento. William, desde los trazos de una vivaz arquitectura teórica en la que su visión sobre la ciudad se desplegaba con buen ánimo para todos los que la necesitaran: estudiantes, curadores, artistas, doctores, poetas, oyentes e interesados. Joel, desde un hermoso taller donde comenzaba a difundir sus procesos de trabajo a asistentes y colaboradores, profundizando en las cualidades sensibles de la materia para transformar las poéticas de lo cotidiano. Ambos desaparecen en uno de los peores momentos de nuestra cultura, dejando un gran vacío en un país gobernado por la ignorancia, el abuso y la miseria. Sin embargo la luz de Caracas —al igual que nosotros— siempre los recordará, agradecida por el invalorable tiempo que le dedicaron: desde las pulsaciones de la palabra certera y las resonancias ideales del intelectual amoroso, hasta los reflejos sinuosos y los profundos destellos que perviven en la obra del artista apasionado.

Fuente: El Nacional. Caracas, Venezuela.

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