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Lisa Blackmore | Gran museo de la locura y de la legalidad
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Gran museo de la locura y de la legalidad


EL NACIONAL – Sábado 29 de Mayo de 2010

Papel Literario/4

Lisa Blackmore

Gran museo de la locura y de la legalidad

Los últimos días han sido de polémica.

Todo comenzó cuando el ministro de Cultura, Francisco Sesto afirmó en una reunión con trabajadores de la Fundación de Museos Nacionales (FMN) que las diversas colecciones pertenecientes a los ocho museos que están bajo la dirección de ese ente rector pasarían a una bóveda colectiva dejando, de esta manera, a los museos como “salas expositivas”. Tanto fue el descontento causado por esta declaración que un documento comenzó a circular en Internet y en varios medios impresos y digitales para recoger firmas “Contra el despojo: por el fortalecimiento de nuestros museos”, llevando a otros a manifestar su preocupación con la medida.

El lento desangre de los museos parece ser imparable. Salas vacías, falta de mantenimiento, adquisiciones paralizadas y empleados deprimidos. “Se nos dice que no hacemos teoría, cómo hacer teorías si no hay agua para tomar, ni papel en los baños, ni insumos para limpiar en los #museos?” lamentó @dardosdiana en un tuit reciente. Y surge una primera pregunta clave desde este panorama. ¿Adónde llevarán las miles de obras valiosas que forman el patrimonio artístico de una nación? Según José Cesarino, en su nota titulada “Escuálidos y museos” en el blog de Sesto: “La colección va a la bóveda con las mejores condiciones climáticas y de seguridad de los espacios de la FMN y no sólo sus investigadores tendrán acceso a ella sino los de las universidades del país”. Hace apenas unos días, Sesto reconoció que el manejo de esa misma Fundación fue “pésimo”. Es más, un vistazo a los espacios alrededor del estacionamiento de la Galería de Arte Nacional –que parecen el depósito de una ferretería– lo comprueba. El cariño que los museos reciben es errático: vestidos de gala para ocasiones protocolares, bajo los trapos sus cuerpos se mueven desnutridos. Se teme, y no sin razón, por el resguardo de este patrimonio.

Una segunda pregunta clave surge de la situación: ¿qué será del perfil de cada museo sin un acceso inmediato a su colección? En gran parte el perfil investigativo lo define su colección: sus trabajadores se especializan en la selección, curaduría, diseminación y conservación de ella. Y, a su vez este perfil debería servir de imagen, de identidad para que el público se acerque (o no, en este caso) a visitar sus salas. La colección, entonces, radica en la articulación de un discurso, o, mejor dicho, en la creación de condiciones investigativasexpositivas que abren espacios discursivos y plurales. Sin ella, queda un vacío. Un diccionario no es lo mismo que un poema.

Aunque tal vez haya pasado desapercibido entre los furores de la protesta, durante el Día Internacional de los Museos (cuyo tópico este año es, paradójicamente, “Museos para la Armonía Social”), Sesto hizo un anuncio importantísimo. No habló tanto de los museos, pero sí de sus colecciones, anunciando en su programa de radio semanal, que “30 mil obras de arte nacionales se encuentran registradas en Museo Virtual”. Una noticia que, para muchos, seguramente fue una novedad. Se refería al Museo Virtual de América Latina y el Caribe (http://www.museovirtualdeamericalatinayelcaribe.org/), un proyecto que reúne miles de obras y objetos de países como Bolivia, República Dominicana, Cuba y Ecuador y abarca colecciones de numerosas instituciones cuyas obras pueden visualizarse desde la página Web. Crea patrimonio multi-lateral de alianzas políticas, una colección de colecciones cuyo valor se basa en su extensa acumulación –¿su masificación?-de reproducciones fotográficas de obras. El simulacrum de la pluralidad.

Este ejemplo tal vez sea premonitorio. El Museo Virtual es el museo del todo, de todas las categorías juntas, desde las alpargatas de Páez hasta la instalación de Alí González que le da nombre a este texto. Suponemos –porque no declara su misión– que pretende ser de todo para todos pero reúne esta poderosísima colección sólo para no articularla. En el peor de los casos, su organización parece un juego del cadáver exquisito. En la sección de fotografía venezolana, por ejemplo, las casi 5 mil imágenes se despliegan en página virtual tras página virtual sin ningún orden. En una de las páginas, que almacenan veinte fotografías cada una, sale un retrato de Chávez al lado de imágenes anónimas que parecen ser del siglo XIX, junto a otras fotografías contemporáneas de salones nacionales.

En la única “exposición” curada dentro del Museo Virtual, la “articulación” de las piezas produce un discurso enumerativo, tautológico, repetitivo. No hay texto. Ni contexto. Se trata del Bicentenario de la Independencia de América que “se crea en conmemoración de la Independencia de América, celebramos 200 años de memoria viva: honor a los hacedores de las patrias a través de sus retratos, objetos, cartas, reliquias, batallas y amor americano”. Las 1.118 imágenes cuentan una historia iconográfica de catalogación y regocijo de un origen militar: retratos de militares, campos de batalla, trajes militares, dagas, lanzas, espadas, espadines, bayonetas, cañones, sables, fusiles, pistolas.

De advertencia tiene mucho, pero si uno logra ver completa esta “exposición” también encierra sus contradicciones, producto, precisamente, de su poca articulación. Por ejemplo, entre las 1.118 está la serie “Miranda en la Carraca” de Héctor Fuenmayor, obra que, al borrar secciones de la figura de Miranda y su entorno iconoclasta, podría entenderse como fuente de interrogantes a cerca de la idolatría de un individuo. Actualmente esa misma obra está expuesta en la GAN. Para el espectador crítico esta es una buena noticia y aunque la GAN tal vez sea el museo que se ha usado como cuestionable monumento a la gestión cultural en los últimos años, todavía se puede visitar, todavía da –con su amplia colección– de qué hablar. Si se cree en el diálogo, las obras invitan a seguir siendo pensadas, conversadas e investigadas, guste o no el panorama de los museos. Lo peligroso de la polarización cuarta contra quinta es que no se llegue a nada y la energía se gaste en el rechazo del otro.

Indudablemente, “pelearse” los museos desde plataformas 2.0 e impresas tiene impacto y relevancia, pero sin visitas estas instituciones se vuelven mausoleos herméticos. Y, en este sentido, la presencia física de espectadores tal vez sea lo único que, para usar los términos (determinantes) del ministro, les de una “justificación” para existir.

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